La parte de un todo

Lee del siguiente texto y responde a la cuestión planteada más abajo.

“Las manos de mi abuela, huesudas y de nudillos salientes, no carentes de belleza estaban salpicadas de manchas color café. En el índice y anular de la de¬recha le bailaban dos enormes brillantes sucios. Des¬pués de las comidas arrastraba su mecedora hasta la ventana de su gabinete (la calígine, el viento abrasador y húmedo desgarrándose en las pitas, o empujando las hojas castañas bajo los almendros; las hinchadas nubes de plomo borrando el brillo verde del mar). Y desde allí, con sus viejos prismáticos de teatro in¬crustados de zafiros falsos, escudriñaba las casas blancas del declive, donde habitaban los colonos; o acechaba el mar, por donde no pasaba ningún bar¬co, por donde no aparecía ningún rastro de aquel ho¬rror que oíamos de labios de Antonia, el ama de lla¬ves. («Dicen que en el otro lado están matando familias enteras, que fusilan a los frailes y les sacan los ojos... y que a otros los echan en una balsa de aceite hirviendo... ¡Dios tenga piedad de ellos!») Sin perder su aire conmovido, con los ojos aún más jun¬tos, como dos hermanos confiándose oscuros secre¬tos, mi abuela oía las morbosas explicaciones. Y se¬guíamos los cuatro —ella, tía Emilia, mi primo Borja y yo—, empapados de calor; aburrimiento y soledad, ansiosos de unas noticias que no acababan de ser de¬cisivas —la guerra empezó apenas hacía mes y me¬dio—, en el silencio de aquel rincón de la isla, en el perdido punto en el mundo que era la casa de la abuela. La hora de la siesta era quizá la de más cal¬ma y a un tiempo más cargada del día. Oíamos el crujido de la mecedora en el gabinete de la abuela, la imaginábamos espiando el ir y venir de las muje¬res del declive, con el parpadeo de un sol gris en los enormes solitarios de sus dedos. A menudo le oíamos decir que estaba arruinada, y al decirlo, metiéndose en la boca alguno de los infinitos comprimidos que se alineaban en frasquitos marrones sobre su cómo¬da, se marcaban más profundamente las sombras bajo sus ojos, y las pupilas se le cubrían de un gelati¬noso cansancio. Parecía un Buda apaleado.”


El/la autor/a de estos textos ha recibido el último de un prestigioso premio. En el año en que Antonio Mingote toma posesión del sillón “r” de la RAE, se le concedió a un/a andaluz/a, a quien, un poeta amigo le dedicó un poema que se publicó en una revista en 1934. ¿Cuál es el título del poema y el nombre de la revista?