Un Libro Un Enigma

Lee del siguiente texto, que se encuentra en uno de los libros de nuestra biblioteca de Libros-Compartidos, y responde a la cuestión planteada más abajo.

Luego, tomó de su cuello, debajo de su camisa, un pequeño crucifijo de oro, y lo colocó sobre la boca de la muerta. Regresó la sábana a su lugar y salimos de la habitación.
Me estaba desvistiendo en mi propio cuarto cuando, con unos golpecitos de advertencia, entró, y de inmediato comenzó a hablar:
—Mañana quiero que usted me traiga, antes del anochecer, un juego de bisturíes de disección.
—Debemos hacer una autopsia? —le pregunté.
—Sí, y no. Quiero operar, pero no como usted piensa. Déjeme que se lo diga ahora, pero ni una palabra a otro. Quiero cortarle la cabeza y sacarle el corazón. ¡Ah!, usted es un cirujano y se espanta. Usted, a quien he visto sin temblor en la mano o en el corazón haciendo operaciones de vida y muerte que hacen temblar a los otros. ¡Oh! Pero no debo olvidar, mi querido amigo John, que usted la amaba; y no lo he olvidado, pues soy yo el que va a operar y usted no debe ayudar. Me gustaría hacerlo hoy por la noche, pero por Arthur no lo haré; él estará libre después de los funerales de su padre mañana y querrá verla a ella, ver eso. Luego, cuando ella ya esté en el féretro al día siguiente, usted y yo vendremos cuando todos duerman. Destornillaremos la tapa del féretro y haremos nuestra operación; luego lo pondremos todo en su lugar, para que nadie se entere, salvo nosotros.
—Pero, ¿por qué debemos hacer eso? La muchacha está muerta. ¿Por qué mutilar innecesariamente su pobre cuerpo? Y si no hay necesidad de una autopsia y nada se puede ganar con ella (no se beneficia a Lucy, no nos beneficiamos nosotros, ni la ciencia, ni el conocimiento humano), ¿por qué debemos hacerlo? Tal cosa es monstruosa.
Por toda respuesta, él puso la mano sobre mi hombro, y dijo después, con infinita ternura:
—Amigo John, me compadezco de su pobre corazón sangrante; y lo quiero más porque sangra de esa manera. Si pudiera, yo mismo tomaría la carga que usted lleva. Pero hay cosas que usted ignora, y que sin embargo conocerá, y me bendecirá por saberlas, aunque no son cosas agradables. John, hijo mío, usted ha sido amigo mío desde hace muchos años, pero, ¿supo usted que alguna vez yo hiciera alguna cosa sin una buena razón? Puedo equivocarme, sólo soy un hombre: pero creo en todo lo que hago. ¿No fue por esto por lo que usted envió por mí cuando se presentó el gran problema? ¡Sí! ¿No estaba usted asombrado, más bien horrorizado, cuando yo no permití que Arthur besara a su amada, a pesar de que ella se estaba muriendo, y lo arrastré con todas mis fuerzas? ¡Sí! Sin embargo, usted vio como ella me agradeció, con sus bellos ojos moribundos, su voz también tan débil, y besó mi ruda y vieja mano y me bendijo. ¿Y no me oyó usted hacer una promesa a ella para que así cerrara agradecida los ojos? ¡Sí!
—Mi verdadero amigo —dijo ella, en una débil voz Pero con un acento doloroso indescriptible—. ¡Mi verdadero amigo, y amigo de el! ¡Oh, protéjalo, y deme paz a mi!
—¡Lo juro! —dijo el solemnemente, arrodillándose al lado de ella y sosteniendo su mano, coma alguien que presta juramento. Luego se volvió a Arthur y le dijo—: Venga, hijo, tome la mano de ella entre las suyas, y bésela en la frente, y solo una vez.
Se unieron sus ojos en vez de sus labios; y así se despidieron.
Los ojos de Lucy se cerraron; y van Helsing, que había estado observando desde cerca, tome) del brazo a Arthur y lo aleja del lecho.
Luego la respiración de Lucy se volvía estertorea una vez mas, y repentinamente cesa del todo.
—Ya todo terminó —dijo van Helsing ¡Esta muerta!
Tome a Arthur del brazo y lo conduje a la sala, donde se sentó y se cubría la cara con las manos, sollozando como un chiquillo.
Regrese al cuarto y encontré a van Helsing mirando a la pobre Lucy, y su rostro estaba mas serio que nunca. El cuerpo de ella había cambiado algo. La muerte le había regresado parte de su belleza, pues sus cejas y mejillas habían recobrado algo de sus suaves líneas; hasta los labios habían perdido su mortal palidez. Era como si la sangre, innecesaria ya para el funcionamiento del corazón, hubiera querido mitigar en lo posible la rigidez y la desolación de la muerte.
"Pensamos que moría mientras estaba durmiendo, y durmiendo cuando moria."
Me situé al lado de van Helsing, y le dije:
—¡Ah! ¡pobre muchacha! Al fin hay paz para ella. ¡Es el final! El se volvió hacia mí, y dijo con grave solemnidad:
—Nada de eso. ¡Ay!, nada de eso. ¡Es solo el comienzo!
Cuando le pregunte que quería decir, moví la cabeza y me respondió: —No podemos hacer nada por ella todavía. Espere. Ya vera usted...


¿Cómo se llama el punto(cabo) más occidental de la península que lleva el mismo nombre que el apellido del doctor de nuestra historia?